Primero dejó de fumar, lo cual fue muy aplaudido por su entorno. Así viviré más -pensó para sus adentros-. La euforia se apoderó de él, estaba muy contento con su decisión, ¡iba a vivir más años!
Pero algo no funcionaba bien, no se podía quitar esa sensación de ahogo que le acompañaba, que no le dejaba respirar. Y es que sabía que a pesar de todo, un día u otro, iba a morir.
Una vez, al salir de viaje, decidió no coger el coche e ir en tren. Pensó que lo mejor era evitar cualquier posibilidad de morir tontamente; y es que morir en un accidente de coche le parecía una manera muy idiota de hacerlo. Además, se decía, la autovía esta en obras y en los último 6 meses han muerto 4 personas. ¡Que bien se sintió al coger el tren! Uno de los medios de transporte más seguros, según había leído en unas estadísticas en Internet. Iba, volvía…tal vez un poco más caro, pero ni comparación, ¡hasta podía dormir la siesta!
Jamás se atrevió a coger el coche de nuevo.
Pero como siempre, la felicidad no le duró mucho. El miedo es muy poderoso y una y otra vez, cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo el fantasma de la muerte penetraba en su mente. Se volvió abstemio, sabía que si bebía podía perder el control y cometer alguna imprudencia que le costara la vida o peor aún, con el tiempo desembocar en una cirrosis.
Juan Precario vive cada vez menos. No se da cuenta que su miedo a morir se ha convertido en miedo a vivir. No sabe como pararse, esta fuera de sí. Ha dejado de ducharse por si resbala en la ducha, ha dejado de cocinar por si se le olvida el fuego encendido, ha dado de baja la electricidad para evitar cortocircuitos. No tiene quien le pare. Aturdido, solo encuentra una salida. Decide que jamás volverá a tener miedo. Salió y se compró una pistola.

